El joven Oliver para su décimo segundo cumpleaños quería algo diferente. Ya tenía videoconsola, libros, móvil, ropa de su marca favorita…. no echaba en falta nada en concreto. Lo que sí que dejó claro a sus padres es que fuera lo que fuese, quería algo único que no olvidase nunca. Se lo puso realmente difícil a sus padres, pero entre elegir un viaje a EEUU o un graffiti en su habitación, se decantaron por la segunda opción, que sin duda era infinitamente más asequible y, dónde va a parar, mucho más sorprendente y personalizada.

Eligieron su nombre con su color favorito (el verde) como elemento protagonista, y para el fondo, con el fin de asociarlo a la idea de que el graffiti es un arte urbano, optaron por simular una pared de ladrillo de una calle llena de pintadas típica de su barrio en Madrid, con una tubería cubierta de pegatinas y, como elemento rompedor, llamas de fuego como si algo se estuviera quemando.

Cuando Oliver llegó del colegio y vio la pared, los padres pudieron comprobar que acertaron con su idea. Ahora el listón está muy alto para su próximo cumpleaños…